lunes, 7 de abril de 2014

Flor de cristal.

Ella creía conocerse bien, mucho más que bien.

Creía saber como era, cuales serían sus reacciones y pensamientos en cada momento y ante cualquier situación que pudiera presentarse. Creía ser fuerte, despreocupada, paciente y lo suficientemente inteligente como para que nada pudiese afectarle o preocuparle hasta el punto de dejar de reconocerse a si misma.

Pero con el tiempo se vio obligada a lidiar con una realidad cruelmente distinta. Era fuerte por obligación, pero era manejable, su vida transcurría sobre los raíles de una constante tensión y una rechinante amargura, y era lo suficientemente inteligente como para saber que no estaba bien. Que las cosas hacía mucho tiempo que no iban bien.  Pero fue lo suficientemente estúpida como para ignorar aquello que su cabeza y su corazón le gritaban desesperados. Decidió amordazarlos y olvidar su existencia, ignorando así las duras advertencias.

Finalmente algo en ella se rompió. La mordaza. Su paciencia. Aquella paciencia, que parecía tan inagotable como el agua de un inmenso mar del cual no ves el fin en el horizonte, se acabó. El mar se secó dejando solo algunas grietas en la tierra seca que evidenciaban que en el pasado había habido agua donde ahora solo había una gran extensión de tierra yerma.

Estaba herida. Eran de esas heridas que no sangran, que no se ven, pero que están ahí. Y esas son las peores porque no sabes cuando se curarán ni cómo.

No sabía quién era. Ya no se sentía fuerte, sino frágil como una flor que empieza a marchitarse. Ahora se preocupaba constantemente por no hacer las cosas bien, aunque su actitud no pudiera reflejarlo, quizás porque no sabía cómo. Quizás porque ya no confiaba en ella misma. Quizás porque ya no escuchaba en su cabeza ni en su pecho aquella alentadora voz que antaño le decía con convicción como actuar, qué hacer. Ahora aquella voz era solo un tenue susurro escondido en alguna parte de su ser, oculto por el temor y la desconfianza. Ya no se sentía inteligente ni estúpida, simplemente mediocre. Y no hay nada peor que ser mediocre.

Sencillamente se sentía débil, como si una sola palabra pronunciada por los labios ajenos que ella tanto ansiaba pudieran romperla en miles de diminutos pedazos, como si fuera un contundente martillo aporreando una delicada flor de cristal.