-Debo marcharme -fue lo único que dijo, pero fue bastante; para ella fue como si hubiese firmado su sentencia de muerte.
-No te vayas -pidió, aunque sabía que era inútil-. No me dejes.
-No voy a dejarte. Sabes de la vida y de la muerte más que cualquier mortal. Sabes que en el fondo nada muere, y que yo te estaré esperando.
Una chispa se encendió en los ojos azules de la joven.
-Mientras tanto -prosiguió él, adivinando lo que pensaba-, quiero que me prometas una cosa, y que me jures por lo más sagrado que lo cumplirás.
-Lo juro.
Los ojos verdes de él parecieron sonreír.
-Vive -le pidió-. No trates de acortar tu existencia para reencontrarte conmigo antes de tiempo. Vive muchos años, vive intensamente, vívelo todo. Vive por mí la vida que no pude vivir yo.
El suyo había sido un amor puro, imposible en este mundo, en esta vida, pero puro.
Más puro que el blanco de las nubes de una mañana de verano.
Más puro que la risa inocente de un niño.
Más puro que el agua cristalina que brota de un manantial en la más alta montaña.
El suyo había sido el amor más honesto que se había conocido.
Un amor sin contacto, sin besos, sin caricias palpables, sin noches apasionadas. Pero un amor capaz de superar a la vida y a la muerte, al cielo y al infierno, a la cálida luz y a las siseantes tinieblas. Al tiempo. Solo para poder hacerse realidad.
Por que ella dejó escapar una vida para amarle y él esperó medio siglo para amarla durante toda la eternidad.

