miércoles, 26 de marzo de 2014

Vive.

-Debo marcharme -fue lo único que dijo, pero fue bastante; para ella fue como si hubiese firmado su sentencia de muerte. 
-No te vayas -pidió, aunque sabía que era inútil-. No me dejes. 
-No voy a dejarte. Sabes de la vida y de la muerte más que cualquier mortal. Sabes que en el fondo nada muere, y que yo te estaré esperando. 
Una chispa se encendió en los ojos azules de la joven. 
-Mientras tanto -prosiguió él, adivinando lo que pensaba-, quiero que me prometas una cosa, y que me jures por lo más sagrado que lo cumplirás. 
-Lo juro. 
Los ojos verdes de él parecieron sonreír. 
-Vive -le pidió-. No trates de acortar tu existencia para reencontrarte conmigo antes de tiempo. Vive muchos años, vive intensamente, vívelo todo. Vive por mí la vida que no pude vivir yo. 

El suyo había sido un amor puro, imposible en este mundo, en esta vida, pero puro. 

Más puro que el blanco de las nubes de una mañana de verano. 
Más puro que la risa inocente de un niño. 
Más puro que el agua cristalina que brota de un manantial en la más alta montaña.
 
El suyo había sido el amor más honesto que se había conocido. 
Un amor sin contacto, sin besos, sin caricias palpables, sin noches apasionadas. Pero un amor capaz de superar a la vida y a la muerte, al cielo y al infierno, a la cálida luz y a las siseantes tinieblas. Al tiempo. Solo para poder hacerse realidad.

Por que ella dejó escapar una vida para amarle y él esperó medio siglo para amarla durante toda la eternidad.


domingo, 2 de marzo de 2014

Impotencia.

Los ojos llorosos, un nudo en la garganta, los labios mordidos como si intentasen ser arrancados, las manos temblando como si el frío hubiese calado en sus huesos y una fuerte presión en el pecho que notaba que le sobrecogía el corazón y aceleraba su pulso.

La cabeza, por su parte, se llenaba de pensamientos, de sentimientos y de recuerdos que pasaban fugazmente dejando solo una difuminada imagen en la opaca pizarra que era su mente para hacer su parada final, primero en los ojos, empujando a su paso, con crueldad, el cristalino líquido que estos se esforzaban por retener, y finalmente en la boca, donde sus labios y su lengua daban forma a estas imágenes en solo tres palabras que no podían dejar de repetir: "No lo entiendes".

La persona sentada a su izquierda no lo comprendía aunque se empeñase en afirmar lo contrario, y ella no sabía como explicárselo de tal forma que no le quedase ni el más pequeño rastro de la más irrisoria duda. Quería que comprendiese lo que significaba para ella todo lo que había hecho, todo lo que había logrado, todo lo que había dicho, todo él.

La impotencia la estaba matando lentamente en ese momento, regodeándose en cada espeso segundo de su tortura.

Quería que comprendiese esa absurda y tan necesaria felicidad con la que él, y solo él, había devuelto la paleta de vivos colores al cincel de su existencia que hacía tiempo se había visto ennegrecido por el amargo color gris y los crueles pinceles de la tristeza. Quería que comprendiese que, cuando él no estaba, lo echaba de menos, su olor, sus manos, sus labios, su voz y su risa, las quería a su lado. Quería que comprendiese la preocupación que se cernía sobre ella cuando algo malo pasaba, por estúpido e insignificante que fuera, puesto que lo único que realmente deseaba es que él estuviese bien. Quería que comprendiese su necesidad por verlo sonreír, por hacerlo feliz y poder decirse a si misma "Lo estoy haciendo bien". Quería que comprendiese sus miedos de no merecerlo, de no ser digna de todo aquello que él hacía, todas esas cosas que hacían que día a día se fuese enamorando de él un poquito más.

Quería que comprendiese que le amaba y que le amaría.