Su mirada llevaba rato perdida en el exterior, a través de la pequeña ventana, esperando algo que despertase su interés, que la hiciera sentir viva.
Jugueteaba con sus manos sin cesar, nerviosa, frotándolas la una contra la otra. Luego el pelo, rizando los rizos. Permanecía expectante a que algo cambiase en la tarde que ya se cernía sobre la ciudad cubriendo el cielo de tonos anaranjados.
A pesar de todo, de los movimientos nerviosos, la impaciencia producida por algo que ni ella misma sabía con certeza qué era y la mirada perdiéndose cada vez más a través de la ventana, ella conservaba una expresión neutra, como la de un maniquí. Impasible.
No sabía que era, lo desconocía totalmente, pero estaba realmente incómoda. Sentía que algo la mordía por dentro, lenta pero incesantemente, algo que no le permitía permanecer del todo quieta, pero que al desconocerse, tampoco la empujaba de forma inmediata a hacer algo al respecto.
Movida por lo que podía ser la desesperación o quizás el simple aburrimiento de dicha situación, salió a la calle, sin decir nada, simplemente empezó a caminar, sin un rumbo fijo en su cabeza, pero parecía que sus piernas sí sabían donde ir. Yendo en una dirección concreta pero sin seguir un camino determinado.
Estaba huyendo de algo. Del estrés. De la rutina. De ella misma, quizás. Quién sabe. Realmente no importa.
Cruzaba por el centro de calles y carreteras, sin importarle lo más mínimo las llamadas de atención e improperios que le dedicaban algunos conductores. Ni siquiera se dignaba a mirarles, los ignoraba de forma automática, casi sin ser consciente de ello.
Se dirigió a un lugar donde solo tenían cabida los buenos recuerdos. Donde todo permanecía igual que hace años. Natural y algo salvaje. Lo suficientemente civilizado para que fuera seguro, pero lo suficientemente apartado para sentirse libre. El lugar hacía su función, la relajaba. Hacía desaparecer todas aquellas preocupaciones de momentos atrás.
Simplemente necesitaba perderse.
Pero había un problema. No el destino, intacto y hermoso como lo recordaba, sino el camino. Había cambiado tanto. Lo que antes era naturaleza ahora no era más que asfalto, frío, gris y uniformemente horrible. Cada paso sobre esas carreteras hacía que sintiera como pequeñas pero molestas presiones en los pies. Como si caminase sobre un montón de chinchetas que, sin llegar a dañar la piel, te hacían notar su peligro y presencia.
Alzó la mirada, esperando encontrar un cielo que contrastase con aquel paisaje tan desolador, tan artificial. Pero el atardecer pierde su encanto sobre las farolas y el asfalto.