domingo, 29 de junio de 2014

Los besos que yo te di.

La saliva de mis besos
no se te pegó a la carne.
Si se te hubiera pegado,
arrancarla, fuera fácil,
y pisotearla luego,
cosas de buenos amantes.

Pero no fue pegadiza,
no fue postura de traje
que en una feria, se compra
y en otra feria, se añade,
y cuando pasa, se cambia,
conforme cambia el paisaje,
como un catorce de mayo
que no quiere sofocarse.

La saliva de mis besos 
te cimentó.

La raigambre, 
la respiraron tus huesos, 
la comieron tus ijares, 
te clareó las entrañas, 
te hizo crecer y esponjarte. 
Como crecen y se esponjan 
los chopos al agua fácil. 

Anda y quítate mis besos.
Date alquitrán y vinagre.
Busca otros besos que pongan
en los míos antifaces.

Y ¿qué vas a conseguir?

Si habían de machacarte
y en polvo de tus huesos, 
se notarían mis señales.

Si hasta el día en que en la tierra 
con otra tierra te tapen,
por encima del montón,
mis besos, mis besos han de notarse.

Vivos, aunque te hayas muerto.
Ciertos, aunque los negases.

Que aunque nacieras de nuevo
en el vientre de tu madre
y el papa santo de roma
de nuevo te cristianase,
los besos que yo te dí,
ya no te los quita nadie.



jueves, 12 de junio de 2014

Futuro.

Le recorrió con la mirada de arriba abajo atentamente, intentado percibir cada detalle, tanto por fuera como por dentro, de esa persona que siempre estaba a su lado, aunque físicamente estuviera lejos, siempre se encontraba presente de alguna forma, ya fuera por un objeto, un fugaz recuerdo, o cualquier cosa que pareciera no tener sentido pero que él se lo había otorgado. Y entonces se formuló la pregunta.

  ¿Veo un futuro a su lado?

No se estaba refiriendo a un mes, un año, cinco... No. Se refería a un futuro a muy largo plazo. Se estaba refiriendo a un plazo de tiempo lleno de experiencias, recuerdos, risas, lágrimas... Se estaba refiriendo a compartir una vida con él, entrelazar sus caminos de forma indefinida, con todo lo que ello conlleva. Tanto lo bueno como lo malo.

¿Le veía capaz de consolarle cuando lo necesitase, de ser un fuerte hombro sobre el que llorar, de que le dijera esas palabras conciliadoras que tanto necesitaría oír en los peores momentos, de que con él disfrutaría al máximo de las buenas experiencias, de que le haría reír, de que lloraría con ella? Y ella, ¿ se veía capaz de hacer todo eso para él, de darle, si no todo lo que merecía o quería, sí todo lo que pudiese darle? 

¿Veía que eran capaces de hacerse felices mutuamente?

Antes de contestarse a esa pregunta, reflexionó. Si no lo veía, debería dejar a esa persona marchar antes de que fuera demasiado doloroso, no sería "la persona", puesto que si no podía imaginar un futuro a su lado, es que realmente, en el fondo, sabía que no era la adecuada, aunque le doliese admitirlo, eso quería decir que algo entre ellos no terminaba de encajar. No sería culpa de ninguno de ello, simplemente era una desafortunada coincidencia en el tablero del destino.

Pero si conseguía ver ese futuro, no debía dudarlo, esa era "su" persona y no debía dejarla ir.

Y la respuesta es sí.


lunes, 9 de junio de 2014

Protagonismo.

Las personas en general somos egoístas, celosas y estúpidas. Muy estúpidas. Pero estos son solo algunos de los rasgos que nos definen como raza y de los que nadie puede huir, ni los más buenos. Cierto es pues que los seres humanos tenemos incontables defectos en común, al igual que cualidades, aunque estas últimas en un número tristemente menor.

Pero lo cierto es que a estos defectos que todos compartimos ya a penas les damos importancia, quizás porque al ser tan corrientes y generales en todos nosotros, nos hemos acostumbrado a ellos y no les prestamos atención a no ser que sean muy marcados en algunas personas de nuestro alrededor. En nosotros mismos no, obviamente, para qué fijarnos en nuestros propios defectos ¿verdad?

Esto es ciertamente un grave problema con una difícil y casi imposible solución, puesto que esta última ni se ha buscado ni se buscará, no nos interesa. Creemos que lo que nosotros hacemos está bien, que los que van en contra no son más que pobres ilusos sin dos dedos de frente. No nos molestamos en ponernos en el lugar de las otras personas. No queremos ver que muy posiblemente nos estemos equivocando. Nuestro enorme ego y nuestro estúpido orgullo no nos lo permite.

Sin embargo, podemos encontrar también rasgos de nuestro carácter que no compartimos con los demás, que nos son propios o que al menos no están tan generalizados, me refiero obviamente a los rasgos que podemos categorizar como malos. Aquellos de los que nosotros no somos realmente conscientes, o no queremos serlo, puesto que nos damos cuenta de como actuamos y que decimos, pero nos excusamos de alguna forma estúpida, normalmente echándole la culpa a otra persona.

Una de estas características, y que es sin duda de las peores, es el afán de protagonismo de algunas personas que raya lo incomprensible. Esa necesidad de estar presente tanto como se pueda en las vidas de otros aunque esas personas realmente no les interesen. Esas estúpidas indirectas mandadas simple y sencillamente para llamar la atención, para que esa otra persona deje lo que esté haciendo y se centre en ti. Es como si les hiciera sentirse mejor, como si aumentara su repulsivo y ya enorme ego. Esa facilidad para manipular a la gente a su antojo que resulta preocupantemente inhumana.

Y lo que es peor, esa capacidad de conseguir que las personas que se ven afectadas por eso, no las manipuladas, si no aquellas que las quieren, no puedan decir nada sin ser señaladas como demonios.

domingo, 8 de junio de 2014

Asfalto.

Su mirada llevaba rato perdida en el exterior, a través de la pequeña ventana, esperando algo que despertase su interés, que la hiciera sentir viva.

Jugueteaba con sus manos sin cesar, nerviosa, frotándolas la una contra la otra. Luego el pelo, rizando los rizos. Permanecía expectante a que algo cambiase en la tarde que ya se cernía sobre la ciudad cubriendo el cielo de tonos anaranjados.

A pesar de todo, de los movimientos nerviosos, la impaciencia producida por algo que ni ella misma sabía con certeza qué era y la mirada perdiéndose cada vez más a través de la ventana, ella conservaba una expresión neutra, como la de un maniquí. Impasible.

No sabía que era, lo desconocía totalmente, pero estaba realmente incómoda. Sentía que algo la mordía por dentro, lenta pero incesantemente, algo que no le permitía permanecer del todo quieta, pero que al desconocerse, tampoco la empujaba de forma inmediata a hacer algo al respecto.

Movida por lo que podía ser la desesperación o quizás el simple aburrimiento de dicha situación, salió a la calle, sin decir nada, simplemente empezó a caminar, sin un rumbo fijo en su cabeza, pero parecía que sus piernas sí sabían donde ir. Yendo en una dirección concreta pero sin seguir un camino determinado.

Estaba huyendo de algo. Del estrés. De la rutina. De ella misma, quizás. Quién sabe. Realmente no importa.

Cruzaba por el centro de calles y carreteras, sin importarle lo más mínimo las llamadas de atención e improperios que le dedicaban algunos conductores. Ni siquiera se dignaba a mirarles, los ignoraba de forma automática, casi sin ser consciente de ello.

Se dirigió a un lugar donde solo tenían cabida los buenos recuerdos. Donde todo permanecía igual que hace años. Natural y algo salvaje. Lo suficientemente civilizado para que fuera seguro, pero lo suficientemente apartado para sentirse libre. El lugar hacía su función, la relajaba. Hacía desaparecer todas aquellas preocupaciones de momentos atrás.

Simplemente necesitaba perderse.

Pero había un problema. No el destino, intacto y hermoso como lo recordaba, sino el camino. Había cambiado tanto. Lo que antes era naturaleza ahora no era más que asfalto, frío, gris y uniformemente horrible. Cada paso sobre esas carreteras hacía que sintiera como pequeñas pero molestas presiones en los pies. Como si caminase sobre un montón de chinchetas que, sin llegar a dañar la piel, te hacían notar su peligro y presencia.

Alzó la mirada, esperando encontrar un cielo que contrastase con aquel paisaje tan desolador, tan artificial. Pero el atardecer pierde su encanto sobre las farolas y el asfalto.