domingo, 29 de junio de 2014

Los besos que yo te di.

La saliva de mis besos
no se te pegó a la carne.
Si se te hubiera pegado,
arrancarla, fuera fácil,
y pisotearla luego,
cosas de buenos amantes.

Pero no fue pegadiza,
no fue postura de traje
que en una feria, se compra
y en otra feria, se añade,
y cuando pasa, se cambia,
conforme cambia el paisaje,
como un catorce de mayo
que no quiere sofocarse.

La saliva de mis besos 
te cimentó.

La raigambre, 
la respiraron tus huesos, 
la comieron tus ijares, 
te clareó las entrañas, 
te hizo crecer y esponjarte. 
Como crecen y se esponjan 
los chopos al agua fácil. 

Anda y quítate mis besos.
Date alquitrán y vinagre.
Busca otros besos que pongan
en los míos antifaces.

Y ¿qué vas a conseguir?

Si habían de machacarte
y en polvo de tus huesos, 
se notarían mis señales.

Si hasta el día en que en la tierra 
con otra tierra te tapen,
por encima del montón,
mis besos, mis besos han de notarse.

Vivos, aunque te hayas muerto.
Ciertos, aunque los negases.

Que aunque nacieras de nuevo
en el vientre de tu madre
y el papa santo de roma
de nuevo te cristianase,
los besos que yo te dí,
ya no te los quita nadie.



jueves, 12 de junio de 2014

Futuro.

Le recorrió con la mirada de arriba abajo atentamente, intentado percibir cada detalle, tanto por fuera como por dentro, de esa persona que siempre estaba a su lado, aunque físicamente estuviera lejos, siempre se encontraba presente de alguna forma, ya fuera por un objeto, un fugaz recuerdo, o cualquier cosa que pareciera no tener sentido pero que él se lo había otorgado. Y entonces se formuló la pregunta.

  ¿Veo un futuro a su lado?

No se estaba refiriendo a un mes, un año, cinco... No. Se refería a un futuro a muy largo plazo. Se estaba refiriendo a un plazo de tiempo lleno de experiencias, recuerdos, risas, lágrimas... Se estaba refiriendo a compartir una vida con él, entrelazar sus caminos de forma indefinida, con todo lo que ello conlleva. Tanto lo bueno como lo malo.

¿Le veía capaz de consolarle cuando lo necesitase, de ser un fuerte hombro sobre el que llorar, de que le dijera esas palabras conciliadoras que tanto necesitaría oír en los peores momentos, de que con él disfrutaría al máximo de las buenas experiencias, de que le haría reír, de que lloraría con ella? Y ella, ¿ se veía capaz de hacer todo eso para él, de darle, si no todo lo que merecía o quería, sí todo lo que pudiese darle? 

¿Veía que eran capaces de hacerse felices mutuamente?

Antes de contestarse a esa pregunta, reflexionó. Si no lo veía, debería dejar a esa persona marchar antes de que fuera demasiado doloroso, no sería "la persona", puesto que si no podía imaginar un futuro a su lado, es que realmente, en el fondo, sabía que no era la adecuada, aunque le doliese admitirlo, eso quería decir que algo entre ellos no terminaba de encajar. No sería culpa de ninguno de ello, simplemente era una desafortunada coincidencia en el tablero del destino.

Pero si conseguía ver ese futuro, no debía dudarlo, esa era "su" persona y no debía dejarla ir.

Y la respuesta es sí.


lunes, 9 de junio de 2014

Protagonismo.

Las personas en general somos egoístas, celosas y estúpidas. Muy estúpidas. Pero estos son solo algunos de los rasgos que nos definen como raza y de los que nadie puede huir, ni los más buenos. Cierto es pues que los seres humanos tenemos incontables defectos en común, al igual que cualidades, aunque estas últimas en un número tristemente menor.

Pero lo cierto es que a estos defectos que todos compartimos ya a penas les damos importancia, quizás porque al ser tan corrientes y generales en todos nosotros, nos hemos acostumbrado a ellos y no les prestamos atención a no ser que sean muy marcados en algunas personas de nuestro alrededor. En nosotros mismos no, obviamente, para qué fijarnos en nuestros propios defectos ¿verdad?

Esto es ciertamente un grave problema con una difícil y casi imposible solución, puesto que esta última ni se ha buscado ni se buscará, no nos interesa. Creemos que lo que nosotros hacemos está bien, que los que van en contra no son más que pobres ilusos sin dos dedos de frente. No nos molestamos en ponernos en el lugar de las otras personas. No queremos ver que muy posiblemente nos estemos equivocando. Nuestro enorme ego y nuestro estúpido orgullo no nos lo permite.

Sin embargo, podemos encontrar también rasgos de nuestro carácter que no compartimos con los demás, que nos son propios o que al menos no están tan generalizados, me refiero obviamente a los rasgos que podemos categorizar como malos. Aquellos de los que nosotros no somos realmente conscientes, o no queremos serlo, puesto que nos damos cuenta de como actuamos y que decimos, pero nos excusamos de alguna forma estúpida, normalmente echándole la culpa a otra persona.

Una de estas características, y que es sin duda de las peores, es el afán de protagonismo de algunas personas que raya lo incomprensible. Esa necesidad de estar presente tanto como se pueda en las vidas de otros aunque esas personas realmente no les interesen. Esas estúpidas indirectas mandadas simple y sencillamente para llamar la atención, para que esa otra persona deje lo que esté haciendo y se centre en ti. Es como si les hiciera sentirse mejor, como si aumentara su repulsivo y ya enorme ego. Esa facilidad para manipular a la gente a su antojo que resulta preocupantemente inhumana.

Y lo que es peor, esa capacidad de conseguir que las personas que se ven afectadas por eso, no las manipuladas, si no aquellas que las quieren, no puedan decir nada sin ser señaladas como demonios.

domingo, 8 de junio de 2014

Asfalto.

Su mirada llevaba rato perdida en el exterior, a través de la pequeña ventana, esperando algo que despertase su interés, que la hiciera sentir viva.

Jugueteaba con sus manos sin cesar, nerviosa, frotándolas la una contra la otra. Luego el pelo, rizando los rizos. Permanecía expectante a que algo cambiase en la tarde que ya se cernía sobre la ciudad cubriendo el cielo de tonos anaranjados.

A pesar de todo, de los movimientos nerviosos, la impaciencia producida por algo que ni ella misma sabía con certeza qué era y la mirada perdiéndose cada vez más a través de la ventana, ella conservaba una expresión neutra, como la de un maniquí. Impasible.

No sabía que era, lo desconocía totalmente, pero estaba realmente incómoda. Sentía que algo la mordía por dentro, lenta pero incesantemente, algo que no le permitía permanecer del todo quieta, pero que al desconocerse, tampoco la empujaba de forma inmediata a hacer algo al respecto.

Movida por lo que podía ser la desesperación o quizás el simple aburrimiento de dicha situación, salió a la calle, sin decir nada, simplemente empezó a caminar, sin un rumbo fijo en su cabeza, pero parecía que sus piernas sí sabían donde ir. Yendo en una dirección concreta pero sin seguir un camino determinado.

Estaba huyendo de algo. Del estrés. De la rutina. De ella misma, quizás. Quién sabe. Realmente no importa.

Cruzaba por el centro de calles y carreteras, sin importarle lo más mínimo las llamadas de atención e improperios que le dedicaban algunos conductores. Ni siquiera se dignaba a mirarles, los ignoraba de forma automática, casi sin ser consciente de ello.

Se dirigió a un lugar donde solo tenían cabida los buenos recuerdos. Donde todo permanecía igual que hace años. Natural y algo salvaje. Lo suficientemente civilizado para que fuera seguro, pero lo suficientemente apartado para sentirse libre. El lugar hacía su función, la relajaba. Hacía desaparecer todas aquellas preocupaciones de momentos atrás.

Simplemente necesitaba perderse.

Pero había un problema. No el destino, intacto y hermoso como lo recordaba, sino el camino. Había cambiado tanto. Lo que antes era naturaleza ahora no era más que asfalto, frío, gris y uniformemente horrible. Cada paso sobre esas carreteras hacía que sintiera como pequeñas pero molestas presiones en los pies. Como si caminase sobre un montón de chinchetas que, sin llegar a dañar la piel, te hacían notar su peligro y presencia.

Alzó la mirada, esperando encontrar un cielo que contrastase con aquel paisaje tan desolador, tan artificial. Pero el atardecer pierde su encanto sobre las farolas y el asfalto.


lunes, 7 de abril de 2014

Flor de cristal.

Ella creía conocerse bien, mucho más que bien.

Creía saber como era, cuales serían sus reacciones y pensamientos en cada momento y ante cualquier situación que pudiera presentarse. Creía ser fuerte, despreocupada, paciente y lo suficientemente inteligente como para que nada pudiese afectarle o preocuparle hasta el punto de dejar de reconocerse a si misma.

Pero con el tiempo se vio obligada a lidiar con una realidad cruelmente distinta. Era fuerte por obligación, pero era manejable, su vida transcurría sobre los raíles de una constante tensión y una rechinante amargura, y era lo suficientemente inteligente como para saber que no estaba bien. Que las cosas hacía mucho tiempo que no iban bien.  Pero fue lo suficientemente estúpida como para ignorar aquello que su cabeza y su corazón le gritaban desesperados. Decidió amordazarlos y olvidar su existencia, ignorando así las duras advertencias.

Finalmente algo en ella se rompió. La mordaza. Su paciencia. Aquella paciencia, que parecía tan inagotable como el agua de un inmenso mar del cual no ves el fin en el horizonte, se acabó. El mar se secó dejando solo algunas grietas en la tierra seca que evidenciaban que en el pasado había habido agua donde ahora solo había una gran extensión de tierra yerma.

Estaba herida. Eran de esas heridas que no sangran, que no se ven, pero que están ahí. Y esas son las peores porque no sabes cuando se curarán ni cómo.

No sabía quién era. Ya no se sentía fuerte, sino frágil como una flor que empieza a marchitarse. Ahora se preocupaba constantemente por no hacer las cosas bien, aunque su actitud no pudiera reflejarlo, quizás porque no sabía cómo. Quizás porque ya no confiaba en ella misma. Quizás porque ya no escuchaba en su cabeza ni en su pecho aquella alentadora voz que antaño le decía con convicción como actuar, qué hacer. Ahora aquella voz era solo un tenue susurro escondido en alguna parte de su ser, oculto por el temor y la desconfianza. Ya no se sentía inteligente ni estúpida, simplemente mediocre. Y no hay nada peor que ser mediocre.

Sencillamente se sentía débil, como si una sola palabra pronunciada por los labios ajenos que ella tanto ansiaba pudieran romperla en miles de diminutos pedazos, como si fuera un contundente martillo aporreando una delicada flor de cristal.


miércoles, 26 de marzo de 2014

Vive.

-Debo marcharme -fue lo único que dijo, pero fue bastante; para ella fue como si hubiese firmado su sentencia de muerte. 
-No te vayas -pidió, aunque sabía que era inútil-. No me dejes. 
-No voy a dejarte. Sabes de la vida y de la muerte más que cualquier mortal. Sabes que en el fondo nada muere, y que yo te estaré esperando. 
Una chispa se encendió en los ojos azules de la joven. 
-Mientras tanto -prosiguió él, adivinando lo que pensaba-, quiero que me prometas una cosa, y que me jures por lo más sagrado que lo cumplirás. 
-Lo juro. 
Los ojos verdes de él parecieron sonreír. 
-Vive -le pidió-. No trates de acortar tu existencia para reencontrarte conmigo antes de tiempo. Vive muchos años, vive intensamente, vívelo todo. Vive por mí la vida que no pude vivir yo. 

El suyo había sido un amor puro, imposible en este mundo, en esta vida, pero puro. 

Más puro que el blanco de las nubes de una mañana de verano. 
Más puro que la risa inocente de un niño. 
Más puro que el agua cristalina que brota de un manantial en la más alta montaña.
 
El suyo había sido el amor más honesto que se había conocido. 
Un amor sin contacto, sin besos, sin caricias palpables, sin noches apasionadas. Pero un amor capaz de superar a la vida y a la muerte, al cielo y al infierno, a la cálida luz y a las siseantes tinieblas. Al tiempo. Solo para poder hacerse realidad.

Por que ella dejó escapar una vida para amarle y él esperó medio siglo para amarla durante toda la eternidad.


domingo, 2 de marzo de 2014

Impotencia.

Los ojos llorosos, un nudo en la garganta, los labios mordidos como si intentasen ser arrancados, las manos temblando como si el frío hubiese calado en sus huesos y una fuerte presión en el pecho que notaba que le sobrecogía el corazón y aceleraba su pulso.

La cabeza, por su parte, se llenaba de pensamientos, de sentimientos y de recuerdos que pasaban fugazmente dejando solo una difuminada imagen en la opaca pizarra que era su mente para hacer su parada final, primero en los ojos, empujando a su paso, con crueldad, el cristalino líquido que estos se esforzaban por retener, y finalmente en la boca, donde sus labios y su lengua daban forma a estas imágenes en solo tres palabras que no podían dejar de repetir: "No lo entiendes".

La persona sentada a su izquierda no lo comprendía aunque se empeñase en afirmar lo contrario, y ella no sabía como explicárselo de tal forma que no le quedase ni el más pequeño rastro de la más irrisoria duda. Quería que comprendiese lo que significaba para ella todo lo que había hecho, todo lo que había logrado, todo lo que había dicho, todo él.

La impotencia la estaba matando lentamente en ese momento, regodeándose en cada espeso segundo de su tortura.

Quería que comprendiese esa absurda y tan necesaria felicidad con la que él, y solo él, había devuelto la paleta de vivos colores al cincel de su existencia que hacía tiempo se había visto ennegrecido por el amargo color gris y los crueles pinceles de la tristeza. Quería que comprendiese que, cuando él no estaba, lo echaba de menos, su olor, sus manos, sus labios, su voz y su risa, las quería a su lado. Quería que comprendiese la preocupación que se cernía sobre ella cuando algo malo pasaba, por estúpido e insignificante que fuera, puesto que lo único que realmente deseaba es que él estuviese bien. Quería que comprendiese su necesidad por verlo sonreír, por hacerlo feliz y poder decirse a si misma "Lo estoy haciendo bien". Quería que comprendiese sus miedos de no merecerlo, de no ser digna de todo aquello que él hacía, todas esas cosas que hacían que día a día se fuese enamorando de él un poquito más.

Quería que comprendiese que le amaba y que le amaría.


domingo, 23 de febrero de 2014

Lluvia.

Millones de gotas cristalinas saltando desde las nubes hacia el vacío, precipitándose con rapidez hacia el suelo y estallando al chocar contra este, manchándolo poco a poco, acumulándose. Van tiñendo la tierra y las aceras.

El cielo gris, el viento silbando entre las ramas de lo árboles donde se esconden los pájaros en busca de refugio, los gatos callejeros en portales y bajo los coches intentando evitar el contacto con el agua, los pequeños insectos naufragando en los charcos buscando alguna pequeña rama que salve sus vidas, la gente correteando en busca de algún techo bajo el que resguardarse, los parques vacíos y los columpios balanceándose levemente por el aire.

A ella le encantaba que lloviera.

La humedad rizando aún más su cabello, el frío haciendo visible su aliento, el bao en los cristales, el armonioso sonido de las gotas impactando contra suelos y ventanas, el silencio y la tranquilidad de las calles vacías, los charcos tentándola a que los pisara como cuando era niña, el olor a tierra mojada, la belleza de las nubes grises e hinchadas que casi parece que vayas a estallar.

Todo se veía tan limpio y puro cuando llovía, casi como si los problemas no existiesen, como si el frío los congelase y los lanzase lejos para que no pudieran volver a atormentarla.

Al llover sentía como si el agua la depurase por dentro. Como si las gotas de lluvia que caían sobre su rostro agarrasen de la mano a las lágrimas que ahí se encontraban y las hiciesen descender, llevándose con ellas las preocupaciones y encargándose luego de borrar su rastro.

En esos momentos ella se sentía nostálgica. Tenía nostalgia de todo y de nada al mismo tiempo. Nostalgia de reír, de cantar, de saltar, de bailar, de besar,de hacer el amor, del futuro, de secretas fantasías y de pasiones reprimidas.

Casi parecía como si la lluvia desencadenase en ella todos los sentimientos y sensaciones de golpe para dejar, al final, una tranquilidad y felicidad casi inamovibles.  



                       

viernes, 14 de febrero de 2014

Detalles.

Todo empezó con pequeñas cosas. Pequeños detalles que marcaban cada vez más la gran diferencia existente entre lo que iba a convertirse en pasado y lo que aspiraba a ser el futuro.

Todo empezó una mañana de domingo con una canción, una canción que ella conocía perfectamente, pero que, por alguna razón que en ese momentos aún no alcanzaba a comprender, esta vez tenía un sonido diferente. Y fue entonces cuando ella empezó, al igual que la canción, a sentirse diferente. Se puso roja, nerviosa. Podía notar como le temblaban las manos. "No puede ser", se repetía una y otra vez, mientras que él solo reía. "No rías que es peor" pensaba ella.

Los días pasaban y empezaba a notar como poco a poco perdía el control de la situación. Los pequeños detalles la desarmaban. Las charlas durante horas, los juegos, las bromas, las indirectas. No era tonta, pero prefería ignorarlo. Se quería demasiado poco como para que algo tan increible pudiese pasarle realmente.

De nuevo llegó la mañana del domingo y con él, la visita de otro detalle. Una llamada dirigida a ella, y al otro lado del teléfono, la persona que en ese mismo instante se encontraba un metro a su derecha, él. Hubo un silencio y ella colgó, interrumpiendo así la grabación. No quería acabar de escucharla, no podía. Le superaba.

Más días. Más detalles. Menos pasado. Menos control.

Otra mañana de domingo, tumbada en cama ajena, la suya. Sin intención ninguna, Simplemente cansada por el pasado, un pasado que la agobiaba, solo quería cerrar los ojos y dormir, pero no pudo. Él se sentó a su lado, cerca, posiblemente demasiado cerca para como se sentía ella en aquel momento, haciendo que por muy poco estuviese a punto de perder el control. Quería besarle, se moría de ganas.

Finalmente, un miércoles al medio día, cansada del pasado y ansiosa del futuro, soltó la soga e hizo aquello a lo que tanto tiempo llevaba resistiéndose. Los detalles habían podido con ella. Le dio una patada al pasado. Se estaba enamorando.

Y ahora, en el presente, los detalles continuaban. Te quieros escritos, secretas palabras ocultasen susurros, sonrisas al aire, hechos demostrados en caricias. Haciendo que cada vez se perdiese más, se descontrolase más. Tenía ganas de todo. Pero, a pesar de eso, aún no había tenido el valor suficiente para dar el paso final hacía el futuro.



Hasta ahora.


jueves, 13 de febrero de 2014

Bailar.

Era algo que siempre había querido hacer.

Tu mano izquierda sosteniendo mi mano derecha. Mi mano izquierda sobre tu hombro derecho. Tu mano derecha en mi espalda. Juntos, muy juntos.

Paso, paso, paso. Miro al suelo, no quiero pisarte. Soy torpe, ya lo sabes. Tú me pisas. No sabes bailar, yo tampoco. ¿A quién le importa? Juntos, muy juntos.

La música suena. Era la tercera vez que empezaba la canción, pero el ritmo seguía siendo el mismo, aunque sin llegar a hacerse monótono. Lento, muy lento. Juntos, muy juntos.

Paso, paso, paso. Levanto mi mirada del suelo, y ahí están, tus ojos. Oh Dios, tus ojos. Creo que voy a perder el ritmo al igual que me he perdido en ellos. Entonces tú sonríes, y como si en las comisuras de tus labios hubiesen dos finos hilos que llegasen hasta los míos, tu sonrisa dibuja en mi boca otra igual. Juntos, muy juntos.

Notas lentas, mágicas, danzan a nuestro alrededor, borrando poco a poco todo rastro de existencia de cualquier otro ser vivo. No sé si antes estábamos solos en la habitación, de hecho, ni si quiera sé si había alguien a nuestro alrededor ahora mismo, de ser así, no los percibía. Ni los veía ni los escuchaba. Mis cinco sentidos estaban puestos en ti. En nuestro baile. Juntos, muy juntos.

Paso, paso, paso. ¿Te has dado cuenta? Ya no nos pisamos, estamos aprendiendo a bailar. O algo así. La canción cambia de ritmo solo por un momento. Levantas tu mano izquierda haciendo que mi brazo derecho se eleve y con un suave contoneo haces que de una vuelta sobre mi misma. Y justo antes de que pierda el equilibrio, posas tus manos sobre mi cintura. Yo entrelazo mis brazos en tu cuello. Acercas tu rostro. Nuestras frentes juntas y las narices rozándose. Cierro los ojos. Me dejo llevar. Sonrío. Juntos, muy juntos.

¿Qué hora es? ¿Cuanto tiempo llevamos bailando? La verdad es que no me importa, sería capaz de estar así horas. Nuestros rostros rozándose. Nuestros ojos cerrados. Nuestros labios, inquietos y juguetones, dibujando sonrisas, buscando besos. Nuestras manos asegurándose de que no nos separamos. Juntos, muy juntos.

El volumen de la música disminuye poco a poco. Llega el fin de la canción. Abro los ojos.

¿Qué me dices, me concedes otro baile, esta vez, de verdad?


miércoles, 12 de febrero de 2014

Repulsivo.

Paseaba desnuda por la casa. Estaba algo oscuro, aún no había amanecido. El agua caía y caía, calentándose poco a poco. Pasos rápidos, hacía frío. Y en su camino hacia el baño, se cruzó con su peor enemigo.

Era mucho más grande que ella, tan alto como ancho. Llegaba hasta el techo. Fino y frío. Le mostraba perfectamente todo su reflejo. Ahí estaba ella, frente al espejo del recibidor. Desnuda, recorriéndose a si misma con la mirada.

Pelo despeinado, rizos deshechos. Ojos cafés, cansados, rojos e irritados por las lágrimas derramadas la noche anterior en la soledad de su cama. Pecas manchando su cara sin orden alguno. Labios cortados y heridos de tanto morderse. Pechos pequeños, aureolas grandes. Brazos anchos a juego con espalda y hombros. Piel de un color blanco enfermizo. Marca de nacimiento bajo su pecho izquierdo. Caderas anchas. Muslos grandes.

Como tantas otras veces recorrió cada resquicio de su cuerpo frente al espejo, y como tantas otras veces, se miró a los ojos y se dijo: “Repulsivo”. Dio media vuelta y prosiguió rápidamente con su camino dirección al baño. Mientras caminaba casi le pareció oír una carcajada que provenía de su espalda, del espejo.

Cerró la puerta tras de si y cayó al suelo, apoyada en ella. Y dejó salir de nuevo las lagrimas. Una tras otra se precipitaban al vacío. Basta. Las limpió con sus manos. Mientras tanto el agua seguía cayendo.

Entró en la bañera y se sentó, despacio, rodeando sus piernas con los brazos y apoyando la cabeza en sus rodillas, dejando que el agua golpease con suavidad su espalda y su cabeza, empapándola. Estaba recordándolo todo. Cada insulto, cada golpe, cada comida que tiró por el váter, cada vez que había introducido el cepillo de dientes en el interior de su garganta. Todo. Y volvió a dejar que el agua salada de sus ojos bailase con el agua dulce de la ducha.

Alargó su brazo, sin despegar la cabeza de sus rodillas. Buscaba algo. Palpaba lenta y cuidadosamente el estante que se encontraba junto a la bañera, buscándolo, hasta que lo encontró. Lo cogió con delicadeza, sosteniéndolo entre sus dedos índice y pulgar. Estaba frío, afilado. El dolor y la frustración no tardaron en desaparecer.

Ese fue el último día que el espejo se rió de ella.


martes, 11 de febrero de 2014

Quiero ser.

"Había estado luchando para pensar qué decir, así que dejé de pensar.
Estaba convencida de que no sabía quien quería ser. Y luego, me di cuenta de que la respuesta estaba a mi alrededor.

Quiero ser alguien que sea capaz de perdonar.
Quiero ser alguien que se preocupe más por los demás que por si misma.
Quiero ser alguien que pudiera decirlo de esta forma.
Quiero ser alguien que pudiera abandonar todo por la razón correcta.
Quiero ser alguien que ve lo mejor en cada persona.
Quiero ser alguien que sea un verdadero amigo.
Quiero ser alguien que siempre trate de ser una mejor persona.
Y alguien que aprende de sus errores.

Supongo que solo quiero ser alguien que tenga todas esas cosas para así finalmente poder ser esa chica que no necesita a un hombre para ser feliz porque sabría como bailar por mi cuenta."


Amigos.

"Soy un amigo que se preocupa." Recordaba de nuevo esas palabras. Amigo. Esa era la palabra exacta que le molestaba.

Realmente que se molestase por ello era un estupidez, puesto que ese era el nombre que entre ambos habían decidido usar para definir la relación que había entre ellos. Aunque era distinto cuando era él quien se lo decía a ella. Amigos. Seis letras, seis dagas.

Y aunque no se comportaban como tal, era así como se definían. Cualquiera habría dicho que una forma más adecuada para lo que ellos tenían sería "amigos con derecho a roce". Pero no, en absoluto. Ella odiaba ese término, le parecía sucio, impuro. Al menos en este caso. Un término que manchaba lo que había entre ellos. Ella le quería. Amigos. Seis letras, seis balas.

¿Pero por qué amigos? Por mucho que ese fuera el nombre que ellos se empeñaban en darle, no era una simple relación de amistad lo que entre ellos dos había. Los besos, los abrazos, las caricias, las palabras, los susurros, los lametones, los mordiscos. Nada de todo eso era amistoso. Eran demasiado cálidos, demasiado cariñosos y demasiado expresivos como para ser solo muestras de amistad. Amigos. Seis letras, seis golpes.

Entonces, si no se comportaban como amigos, no se trataban como amigos y no se querían como amigos, ¿por qué negaban cualquier relación existente entre ellos que no fuese de amistad cuando alguien les preguntaba? En realidad la respuesta era fácil. Por ella.

Se sentía como una imbécil al molestarse por ello cuando había sido ella misma la que decidió no ser nada. No hacer oficial nada. Ella y solo ella era la culpable. Era demasiado cobarde y egoísta como para atreverse a definir lo que tenían. Lo que sentían. Amigos. Seis letras, seis mentiras.



lunes, 10 de febrero de 2014

Cálidos besos.

Otra vez le ocurría lo mismo, no sabía como ni por qué, pero ahí estaba de nuevo. Esa sensación, ese calor.

Como todas las otras veces, todo había empezado con una mirada. Pero no una mirada cualquiera, era la suya. Silenciosa, profunda. Se había vuelto a quedar absorta en sus ojos, esos ojos que tanto le gustaban. "Son marrones, normales". Le había dicho él en más de una ocasión. Ante esta afirmación ella solo podía sonreír. No, no eran normales. Al menos no para ella. Le encantaban.

Tras la mirada, el olor. De nuevo se dejaba envolver en su fragancia. Era un aroma embriagador que desconcertaba a todos y cada uno de sus sentidos y le proporcionaba una cierta sensación de calidez y seguridad. Le reconfortaba. No sabía si era su perfume o su propio olor, no le importaba mientras este no desapareciera.

Ya envuelta en su aroma y perdida en sus pupilas, no podía evitar acercarse. Poco a poco, como si entre sus rostros hubiese cierto magnetismo que no podían evitar. Sus labios iban recortando la corta distancia que los separaba, buscándose ansiosos, pero sin prisa. Había que saborear el momento. Ese espacio de tiempo antes de que sus rostros se juntasen y sus labios se encontrasen a ella le resultaba mágico, como un redoble de tambor. El beso era solo la guinda del pastel, el lazo del regalo, el estallido final. A ella le gustaba disfrutar de cada instante y cada paso del proceso como si fuera la última vez. El último beso. La última vez que iba a poder perderse en sus ojos, aspirar su aroma, acariciar su pelo, arañar su espalda, sentir sus labios.

Y era ahí cuando esa sensación aparecía en escena. La calidez. Entre sus piernas, en su cabeza, en su estomago, en su boca, en la parte izquierda de su pecho. Poco a poco esa sensación la iba envolviendo por completo, sin que ella pudiera ni quisiera evitarlo. Entre caricias y besos. Entre besos y caricias. Susurros incomprensibles. Te quieros al aire. Pasiones encendidas.

Pausa y vuelta a empezar. No quería parar.


Colores.

Hay tantas cosas que puede ser.

El blanco del cielo. El marfil del hueso. El gris de las cenizas. El negro de la oscuridad. El marrón de la tierra. El rojo de la sangre. El naranja del fuego. El amarillo del sol. El verde de las hojas. El azul del mar. El celeste del cielo.

Era como una explosión de colores, de sensaciones, de emociones. No sabía el por qué de ese estallido tan inesperado en su interior, pero sí conocía al que había sido el artífice de todo. Al culpable de que se sintiera tan desconcertada: Él, la persona que hacía que la mecha se prendiera cada vez que se cruzaba en su camino.

Él, que con su sonrisa, sus actos, sus palabras, sus bromas, sus abrazos, sus caricias y sus besos, había conseguido hacer florecer en ella un sentimiento que a ambos les resultaba conocido, pero al mismo tiempo extraño.

Como si ese sentimiento se tratase de un antiguo compañero de viaje con el que habían coincidido durante lo que se podía considerar como un largo periodo de tiempo pero al cual no pudieron llegar a conocer en profundidad debido a que la situación resultaba demasiado complicada para ello. Y, ahora, que se habían dado las condiciones perfectas y habían podido conocerse, no solo les había gustado, si no que se podría decir que se habían enamorado de él.

"Enamorarse". A ella le resultaba un término demasiado anticuado, incluso podría decirse que era un cliché, pero por más que buscaba no encontraba una palabra que resultase más adecuada para ese sentimiento. Para poner nombre  a lo que sentía por el causante de su propia explosión de colores.

domingo, 9 de febrero de 2014

Mundos.

No quería pasar página tan pronto, quería y necesitaba un tiempo a solas, para mí, donde solo me importase yo y solo me preocupase por mi misma. Salir de escena mientras el destino rehacía el guión. Tomarme mi tiempo y volver a ser yo misma, tan descarada y despreocupada del mundo. Por una vez ser egoísta y aceptar el papel de protagonista de mi propia historia. Al menos, en un principio, eso era lo que tenía planeado.

Había imaginado como sería, qué haría, incluso como me sentiría. Pero, por suerte o por desgracia, las cosas nunca son como las imaginas. Cada día que pasaba todo se complicaba más y cada vez había más gente involucrada.

Más discusiones, más gritos, más llantos y más dolor. Por una parte, era normal, lo habíamos sido todo, él había sido mi mundo y yo el suyo. Quizás ese había sido uno de los grandes problemas, el no saber ser independientes, el no dar un solo paso por separado, pero juntos al mismo tiempo. Hasta que llegó el día en que nuestros mundos colisionaron y quedaron hechos trizas sin posibilidad de ser reconstruidos. Pero por otra parte, alargarlo más era innecesario y cruel para lo que habíamos sido. Hurgar en las heridas, aprovechar que lo sabíamos todo el uno del otro para hacernos daño, todo eso era solo sufrimiento gratuito. Me había cansado de autoengañarme. Lo hice mal y me arrepiento de ello, pero no me arrepiento de lo que fuimos ni de mi decisión final.



Libertad, felicidad, tiempo, cariño. Era todo lo que necesitaba, pero lo necesitaba sola. Solo quería meterme dentro de una burbuja donde no pudiese saber lo que ocurría a mi al rededor, no me interesaba. Era mi momento y lo necesitaba a solas. O eso creía. Nunca pensé que de las cenizas de un mundo pudiese surgir otro y, mucho menos, que lo haría con tanta fuerza.


Mentiras.

Las mentiras habían controlado mi vida durante demasiado tiempo. Siempre pretendían evitar un problema, mentiras piadosas las llaman. Pero llegó un punto donde me acostumbré a mentir y todo para evitar que alguien sufriese sin tener en cuenta que consecuencias me traería eso a mí. Era estúpido pensar que mentir no me traería consecuencias, por que siempre lo hacía, y cada vez peores. Pero me bastaba pensar que gracias a mis mentiras la vida de alguien era un poco más fácil, o eso era lo que creía.

El problema llegó cuando, sin darme cuenta, también me mentía a mi misma. Una y otra vez, todos los días, sin ser del todo consciente de ello, me dibujaba una sonrisa frente al espejo. Me sonreía a mi misma y pensaba: "Todo está bien". Imbécil.



Los días fueron pasando y el tintero de sonrisas se fue vaciando y, conforme pasaba el tiempo, al igual que el tintero, me iba sintiendo más vacía. Pero intentaba ignorar ese sentimiento, no quería admitirlo, no podía. El solo hecho de pensar que las cosas hacía mucho tiempo que ya no eran lo mismo, que la situación me superaba y que ya no era feliz, era algo que simplemente me aterrorizaba. Había luchado tanto, había dado tanto, había llorado tanto. ¿Para qué? ¿Para que todo terminase? No, no podía admitirlo.

Pero la solución que escogí era la peor. Me callé y continué aguantando. Me autoconvencí a mi misma de que todo lo que pensaba y sentía no era cierto. Así continué pasando los días, intentando mostrar mi mejor cara. Gran error.

¿Por qué? Porque al final llegó el día, el tintero se agotó y yo con él. Pasé de un todo a un nada en solo un momento. Dejé de convencerme a mi misma de lo que no era y no quise buscar una solución, y con eso, solo terminé por destrozar todo por lo que había luchado, sufrido y llorado.

Ponerle fin era lo mejor, pero lo hice mal, me mentí demasiado, retrase las cosas intentando solucionarlo todo yo sola. No pude.

Y así, el último verso de nuestra historia terminó dejándonos un sabor amargo en la boca y el corazón.