La oscuridad de la persiana bajada y las cortinas echadas, la protección de las paredes en tinieblas, la intimidad de la puerta cerrada, la confianza de la ropa tirada por el suelo, la electricidad producida por el roce de sus pieles, el calor irradiado por sus cuerpos, la embriaguez de la magia del momento y los sentidos nublados por besos y caricias ocultas bajo la colcha.
No sabían como habían llegado hasta ahí, ni de que forma la tensión existente entre ellos había conseguido arrastrarlos sobre el chirrido de los muelles. Tampoco importaba. Pensar no era una opción en ese momento y no dejarse llevar se habría considerado un pecado.
Los alientos, cálidos y apasionados, eran frenados por el encuentro de sus labios y el torpe baile de sus lenguas. El pulso brincaba agitado, excitado. Las manos exploraban cuidadosamente, uno por uno, todos los pliegues y resquicios de sus cuerpos, dejando a los dedos acariciar, palpar y jugar sin pudor alguno. Sus piernas entrelazadas haciendo desaparecer cualquier centímetro de distancia entre ellos. Y el vaivén de sus cuerpos aumentando la temperatura. En momentos lento y cuidadoso, con mimo y delicadeza. Luego rápido y salvaje, embistiéndose el uno contra el otro de forma tan excitante que sus ojos relampagueaban y sus labios ardían al besarse. Los muelles gimiendo de placer y las sabanas revolviéndose como si de olas movidas por Poseidón se tratasen.
Dejándose llevar por una mezcla entre el deseo, la pasión y sus instintos más primarios, se abandonaron a si mismos para regalarse al otro, dejando de alargar la espera y satisfaciendo sus deseos de poseerse el uno al otro de la mejor forma que se puede hacer.