Las personas en general somos egoístas, celosas y estúpidas. Muy estúpidas. Pero estos son solo algunos de los rasgos que nos definen como raza y de los que nadie puede huir, ni los más buenos. Cierto es pues que los seres humanos tenemos incontables defectos en común, al igual que cualidades, aunque estas últimas en un número tristemente menor.
Pero lo cierto es que a estos defectos que todos compartimos ya a penas les damos importancia, quizás porque al ser tan corrientes y generales en todos nosotros, nos hemos acostumbrado a ellos y no les prestamos atención a no ser que sean muy marcados en algunas personas de nuestro alrededor. En nosotros mismos no, obviamente, para qué fijarnos en nuestros propios defectos ¿verdad?
Esto es ciertamente un grave problema con una difícil y casi imposible solución, puesto que esta última ni se ha buscado ni se buscará, no nos interesa. Creemos que lo que nosotros hacemos está bien, que los que van en contra no son más que pobres ilusos sin dos dedos de frente. No nos molestamos en ponernos en el lugar de las otras personas. No queremos ver que muy posiblemente nos estemos equivocando. Nuestro enorme ego y nuestro estúpido orgullo no nos lo permite.
Sin embargo, podemos encontrar también rasgos de nuestro carácter que no compartimos con los demás, que nos son propios o que al menos no están tan generalizados, me refiero obviamente a los rasgos que podemos categorizar como malos. Aquellos de los que nosotros no somos realmente conscientes, o no queremos serlo, puesto que nos damos cuenta de como actuamos y que decimos, pero nos excusamos de alguna forma estúpida, normalmente echándole la culpa a otra persona.
Una de estas características, y que es sin duda de las peores, es el afán de protagonismo de algunas personas que raya lo incomprensible. Esa necesidad de estar presente tanto como se pueda en las vidas de otros aunque esas personas realmente no les interesen. Esas estúpidas indirectas mandadas simple y sencillamente para llamar la atención, para que esa otra persona deje lo que esté haciendo y se centre en ti. Es como si les hiciera sentirse mejor, como si aumentara su repulsivo y ya enorme ego. Esa facilidad para manipular a la gente a su antojo que resulta preocupantemente inhumana.
Y lo que es peor, esa capacidad de conseguir que las personas que se ven afectadas por eso, no las manipuladas, si no aquellas que las quieren, no puedan decir nada sin ser señaladas como demonios.
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