La saliva de mis besos
no se te pegó a la carne.
Si se te hubiera pegado,
arrancarla, fuera fácil,
y pisotearla luego,
cosas de buenos amantes.
Pero no fue pegadiza,
no fue postura de traje
que en una feria, se compra
y en otra feria, se añade,
y cuando pasa, se cambia,
conforme cambia el paisaje,
como un catorce de mayo
que no quiere sofocarse.
La saliva de mis besos
te cimentó.
La raigambre,
la respiraron tus huesos,
la comieron tus ijares,
te clareó las entrañas,
te hizo crecer y esponjarte.
Como crecen y se esponjan
los chopos al agua fácil.
Anda y quítate mis besos.
Date alquitrán y vinagre.
Busca otros besos que pongan
en los míos antifaces.
Y ¿qué vas a conseguir?
Si habían de machacarte
y en polvo de tus huesos,
se notarían mis señales.
Si hasta el día en que en la tierra
con otra tierra te tapen,
por encima del montón,
mis besos, mis besos han de notarse.
Vivos, aunque te hayas muerto.
Ciertos, aunque los negases.
Que aunque nacieras de nuevo
en el vientre de tu madre
y el papa santo de roma
de nuevo te cristianase,
los besos que yo te dí,
ya no te los quita nadie.

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