Como todas las otras veces, todo había empezado con una mirada. Pero no una mirada cualquiera, era la suya. Silenciosa, profunda. Se había vuelto a quedar absorta en sus ojos, esos ojos que tanto le gustaban. "Son marrones, normales". Le había dicho él en más de una ocasión. Ante esta afirmación ella solo podía sonreír. No, no eran normales. Al menos no para ella. Le encantaban.
Tras la mirada, el olor. De nuevo se dejaba envolver en su fragancia. Era un aroma embriagador que desconcertaba a todos y cada uno de sus sentidos y le proporcionaba una cierta sensación de calidez y seguridad. Le reconfortaba. No sabía si era su perfume o su propio olor, no le importaba mientras este no desapareciera.
Ya envuelta en su aroma y perdida en sus pupilas, no podía evitar acercarse. Poco a poco, como si entre sus rostros hubiese cierto magnetismo que no podían evitar. Sus labios iban recortando la corta distancia que los separaba, buscándose ansiosos, pero sin prisa. Había que saborear el momento. Ese espacio de tiempo antes de que sus rostros se juntasen y sus labios se encontrasen a ella le resultaba mágico, como un redoble de tambor. El beso era solo la guinda del pastel, el lazo del regalo, el estallido final. A ella le gustaba disfrutar de cada instante y cada paso del proceso como si fuera la última vez. El último beso. La última vez que iba a poder perderse en sus ojos, aspirar su aroma, acariciar su pelo, arañar su espalda, sentir sus labios.
Y era ahí cuando esa sensación aparecía en escena. La calidez. Entre sus piernas, en su cabeza, en su estomago, en su boca, en la parte izquierda de su pecho. Poco a poco esa sensación la iba envolviendo por completo, sin que ella pudiera ni quisiera evitarlo. Entre caricias y besos. Entre besos y caricias. Susurros incomprensibles. Te quieros al aire. Pasiones encendidas.
Pausa y vuelta a empezar. No quería parar.

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