Paseaba desnuda por la casa. Estaba algo oscuro, aún no había amanecido. El agua caía y caía, calentándose poco a poco. Pasos rápidos, hacía frío. Y en su camino hacia el baño, se cruzó con su peor enemigo.
Era mucho más grande que ella, tan alto como ancho. Llegaba hasta el techo. Fino y frío. Le mostraba perfectamente todo su reflejo. Ahí estaba ella, frente al espejo del recibidor. Desnuda, recorriéndose a si misma con la mirada.
Pelo despeinado, rizos deshechos. Ojos cafés, cansados, rojos e irritados por las lágrimas derramadas la noche anterior en la soledad de su cama. Pecas manchando su cara sin orden alguno. Labios cortados y heridos de tanto morderse. Pechos pequeños, aureolas grandes. Brazos anchos a juego con espalda y hombros. Piel de un color blanco enfermizo. Marca de nacimiento bajo su pecho izquierdo. Caderas anchas. Muslos grandes.
Como tantas otras veces recorrió cada resquicio de su cuerpo frente al espejo, y como tantas otras veces, se miró a los ojos y se dijo: “Repulsivo”. Dio media vuelta y prosiguió rápidamente con su camino dirección al baño. Mientras caminaba casi le pareció oír una carcajada que provenía de su espalda, del espejo.
Cerró la puerta tras de si y cayó al suelo, apoyada en ella. Y dejó salir de nuevo las lagrimas. Una tras otra se precipitaban al vacío. Basta. Las limpió con sus manos. Mientras tanto el agua seguía cayendo.
Entró en la bañera y se sentó, despacio, rodeando sus piernas con los brazos y apoyando la cabeza en sus rodillas, dejando que el agua golpease con suavidad su espalda y su cabeza, empapándola. Estaba recordándolo todo. Cada insulto, cada golpe, cada comida que tiró por el váter, cada vez que había introducido el cepillo de dientes en el interior de su garganta. Todo. Y volvió a dejar que el agua salada de sus ojos bailase con el agua dulce de la ducha.
Alargó su brazo, sin despegar la cabeza de sus rodillas. Buscaba algo. Palpaba lenta y cuidadosamente el estante que se encontraba junto a la bañera, buscándolo, hasta que lo encontró. Lo cogió con delicadeza, sosteniéndolo entre sus dedos índice y pulgar. Estaba frío, afilado. El dolor y la frustración no tardaron en desaparecer.
Ese fue el último día que el espejo se rió de ella.

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