Hay tantas cosas que puede ser.
El blanco del cielo. El marfil del hueso. El gris de las cenizas. El negro de la oscuridad. El marrón de la tierra. El rojo de la sangre. El naranja del fuego. El amarillo del sol. El verde de las hojas. El azul del mar. El celeste del cielo.
Era como una explosión de colores, de sensaciones, de emociones. No sabía el por qué de ese estallido tan inesperado en su interior, pero sí conocía al que había sido el artífice de todo. Al culpable de que se sintiera tan desconcertada: Él, la persona que hacía que la mecha se prendiera cada vez que se cruzaba en su camino.
Él, que con su sonrisa, sus actos, sus palabras, sus bromas, sus abrazos, sus caricias y sus besos, había conseguido hacer florecer en ella un sentimiento que a ambos les resultaba conocido, pero al mismo tiempo extraño.
Como si ese sentimiento se tratase de un antiguo compañero de viaje con el que habían coincidido durante lo que se podía considerar como un largo periodo de tiempo pero al cual no pudieron llegar a conocer en profundidad debido a que la situación resultaba demasiado complicada para ello. Y, ahora, que se habían dado las condiciones perfectas y habían podido conocerse, no solo les había gustado, si no que se podría decir que se habían enamorado de él.
"Enamorarse". A ella le resultaba un término demasiado anticuado, incluso podría decirse que era un cliché, pero por más que buscaba no encontraba una palabra que resultase más adecuada para ese sentimiento. Para poner nombre a lo que sentía por el causante de su propia explosión de colores.

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